domingo, 13 de diciembre de 2009

NAVIDAD: del control de nuestro alma, al control de nuestro bolsillo, pasando por el control de nuestros hijos.


Como tantas otras suposiciones, supongamos pues, que ha llegado el momento de plantearnos la supuesta educación de nuestros supuestos futuros hijos. Supongamos, además, que es el momento exacto para plantearse algo tan específico como la transmisión generacional, respecto a la identidad y tadición cultural. Habrá, en este aspecto, que tener muy presente la carga social de ciertas tradiciones inamovibles como las referidas a sexualidad, autoridad, religión, etc. Me estoy refiriendo a aspectos que, como "adulto" razonable, consederaríamos retrógrados, irracionales, discriminativos y ,por supuesto, antirrevolucionarios. Sin embargo, son aspectos que al mismo tiempo convertirían a un niño, sin ningún tipo de criterio personal (ni capacidad intelectual para ello), en un miembro correcto o incorrecto de la sociedad a la que pertenezca según sus cánones.

Situados ya en contexto, lanzaré una pregunta a reflexión: ¿Debemos mantener a título individual la ilusión que a nosotros nos provocaron en su día sus Majestados los Reyes Magos de Oriente, en nuestros hijos?
Es cierto que la lógica de nuestra generación ha desmentido, o está desmintiendo, la mística de la religión. Pero aquí no es así. El capital, en su estrategia de total control identitario popular e individual (al igual que hicieron los imperios de corte religiosa con las tradiciones y cultura pagana), ha tomado posesión de tradiciones dedicadas anteriormente a la didáctica religiosa, para convertirlas en una concentración anual de la "bondad" y la "solidaridad" que el resto del año no debe preocuparnos, con un único fin comercial.

Por lo tanto, estaríamos hablando de ofrecer a nuestra supuesta descendencia una ilusión mágica e irracional que condicionaría su educación hacia la compensación material por su "buena" conducta durante el resto del año. Nos convertiríamos, entonces, en cómodos responsables de la carencia de satisfacción personal y social que deberían experimentar los niños en el momento exacto de su buena conducta. La estaremos vendiendo a los intereses del capital; cambiaríamos, pues, la educación y buen desarrollo intelectual-natural de personas libres, por el adoctrinamiento de futuros consumidores alienados que nos ofrece (a jornada completa) la televisión.

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